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El francotirador que redimió a Harry el Sucio

Una reseña sobre el último film de Clint Eastwood

 por ALBERT SOLER RUDA – Història Contemporània, UAB

 “Luego están los hombres bendecidos con la imperiosa necesidad de proteger al rebaño. Esos hombres son la extraña raza que vive para enfrentarse al lobo, son los perros pastores”. Eso le dice el padre a un Chris Kyle niño en el film dedicado a la vida del más célebre francotirador del Ejército estadounidense, asesinado en 2013 y al cual Clint Eastwood le dedica su último film. Palabras aleccionadoras que nos sitúan en el mundo del muy veterano director, que siendo ya actor revivía un mundo de justicieros con una obsesión: la protección. Fue un comisario Callahan poco ortodoxo rescatando a San Francisco de un tirador sicópata. O el cazarrecompensas William Munny llevando a cabo la venganza de una prostituta maltratada en el Far West. Remató magistralmente como director interpretando  al huraño veterano de Corea, Walt Kowalsky que se reconciliaba con su pasado sacrificándose por una familia vietnamita en Gran Torino. Protégete a ti mismo y protege a tu prójimo. De pistolero a sangre fría a soldado comprometido. Hay un gran trecho desde aquel detective cínico a este veterano de guerra salvado de su pasado.

En su nuevo film, el deber se sitúa tras la mira de un fusil de precisión. Basada en el relato autobiográfico de un SEAL, El Francotirador relata la experiencia de Chris Kyle,  interpretado por Bradley Cooper, cuyo deber moral y patriótico inculcado desde la infancia le lleva a las azoteas de Iraq con un don especial para salvar vidas norteamericanas apretando el gatillo. El problema vendrá cuando sea difícil abatir a un enemigo que además se torna un dilema imposible de liquidar con balas.

O sea que el gran Eastwood vuelve a la carga blandiendo su viejo leitmotiv. Una obsesión por la búsqueda del perdón, otro paso de reconciliación con las acciones pasadas. No es de extrañar en un republicano progresista que aboga por el control de armas y la oposición a las guerras. Honrad al combatiente, no a las guerras. Esa parece ser la máxima del director. La imagen de Kyle, como letal soldado aparece así. Un arquetipo de guerrero, un cowboy texano imbuido por su moral patriótica del deber. Mata fríamente y controla sus emociones con un solo deber: proteger al rebaño. Cada insurgente abatido es una vida norteamericana salvada en su cabeza, lamentando cada final de su servicio, al dejar a sus compañeros sin ángel de la guarda; una verdadera obsesión que su familia y su entorno más allá de los barracones no pueden asimilar. Se lleva al enemigo consigo en cada  regreso a casa, sin poder hacer nada dado que el mundo ha cambiado para él.

¿Puede ser esto un paso hacia la reconciliación final  con aquel famoso síndrome de Vietnam?, ¿Otra vez Eastwood lavando el recuerdo de aquellos veteranos de los sesenta tomados por drogadictos y psicópatas, causantes de My Lai? El paralelismo entre ambos conflictos se hace inevitable en un contexto de guerra irregular, sin estrategias definidas, sin distinción clara de enemigos y civiles, donde las gestas y victorias no significan nada en la vuelta a casa, y en la que las consecuencias morales y físicas son contundentes. La imagen que transmite de Kyle es muy distinta a la que el gobierno, la sociedad, y especialmente el cine, hizo de los chicos que fueron desplegados en los sesenta en el Sureste asiático. Ya no tenemos a un John Rambo frustrado, rechazado por la sociedad y el gobierno que responde con las armas ante la marginación; o a aquel personaje interpretado por Christopher Walken cuya espiral de locura le llevaba a descerrajarse un tiro en un forzado juego de ruleta rusa. Para estos su vida se quedaba en ‘Nam. Kyle, siguiendo los pasos de su predecesor Walt Kowalsky, opta por otro camino. Cuatro servicios y la muerte de su alter ego iraquí,  que es su némesis personal, no cierran un episodio que obsesiona su mente y provoca su estrés postraumático. Como un salvador mesiánico da su vida por el rebaño, y tras colgar el fusil, tiende la mano a compañeros como él, veteranos mutilados, heridos, con múltiples problemas psicológicos y prácticamente desatendidos. Incluso su despedida final, custodiado por miles de banderas, parece cerrar un capítulo abierto décadas atrás, cuando aquellos chicos de la generación de Vietnam volvieron a casa sin reconocimiento, sin nada más que traumas, culpa y olvido.

Otro peldaño en una escalera que Clint Eastwood ha buscado ascender desde que fuera testigo del final de la guerra de Vietnam. Precisamente desde aquel  1971 en el cual, coincidiendo con el movimiento de los que veteranos que protestaban contra la guerra, él mismo fuera criticado por su papel de violento, misógino y fascistoide inspector Callahan que decía defender la ciudad con su Magnum 44. De asesinos a sangre fría a sacrificados protectores: un postrer intento por reconciliarse con una época y con un pasado. Y, posiblemente, el testamento filmográfico del octogenario director.

 

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